Estoy cansada de escalar en las rocas
que me arañan y hacen sangrar mi cuerpo inocente, frágil.
Agotada de aferrarme a pedazos de tierra que se desprenden
y golpean mi cara angustiada.
Melancólica al ver caer de mi bolso
cosas tan útiles
hacia las faldas de mi montaña.
Y ni siquiera sé si la cima lejana será llana o volcánica,
y sufro porque la soga de la que cada día me prendo
se debilita al paso del tiempo
y mientras más escalo, aquella piel fresca y suave se arruga
y pierde su poca infancia.
Con ira, porque el sol que centellea me quema
y hace arder la tierra,
porque derrite la nieve de la cima y crea avalanchas.
Dios, quisiera tener dos alas.
Sácame de esta montaña que cada día me maltrata
y me desafía.
Estoy desilusionada porque lo que creí bello allá arriba,
era sólo hierba mala,
porque las risas que escuché en la cima,
eran el silbido del viento travieso.
Parece que la cima se acerca; he escalado mucho en mi montaña.
Ya lo que antes me sorprendía, ahora no me engaña.
Mis manos, desangradas, se aferran hoy más débilmente
de un hilo
y mi pies llenos de heridas, lentamente escalan.
Dios, estoy tocando la cima;
aparto la mano y observo: he tocado sangre.
Entonces llego cansada, adolorida, desangrada y compungida,
desilusionada y con las esperanzas perdidas.
La cima no es llana sino volcánica
y escupe sangre en abundancia.
Dios, ¿Cuánto he vivido en la vida?
¡Cuánto he escalado en mi ontaña!
Y ahora, que he llegado,
diviso a lo lejos cuerpos como el mío
y cimas tan parecidas;
allá abajo recién nace la vida.
Dejo caer mi bolso hacia las faldas de mi montaña.
Dejo caer mi cuerpo hacia el interior de mi montaña.
Y la sangre que perdí en el recorrido,
hierve mi piel y convierte mi cuerpo magro momentáneamente
en insignificantes cenizas...
BARRON
MIFFLIN, Josefina. En: Oro y madera. Lima, 1986. Sp.