De súbditas a ciudadanas


María Dolors Renau
CIUDADANIA..., ciudadanía activa, ciudadanía plena... El término ciudadanía, tan antiguo como nuestra civilización, aparece y reaparece en los últimos tiempos acompañado de algún tipo de adjetivo que pretende precisar mejor su actual significado. Estamos ante una palabra abierta y su estimulante, que recién rescatada del baúl de los recuerdos históricos se nos muestra cargada de promesas y nuevos estímulos. Algunas palabras cierran el pensamiento, otras, como ésta, lo abren y estimulan.

Ciudadanía es una categoría que merece distintas lecturas: por una parte y de acuerdo con la versión más clásica, la cualidad de ciudadano/a representa una doble conquista: a la vez que reconoce derechos humanos inalienables a la persona, le otorga la posibilidad de intervenir en los asuntos públicos, a través del poder de elegir y de ser elegido.

Pasar de súbdito a ciudadano (en masculino, adrede), no es ni ha sido poca cosa. Años de pensamiento ilustrado, miles de documentos, alguna que otra revolución y mucha sangre ha costado al mundo civilizado llegar a concebir a los hombres como seres poseedores de derechos humanos invulnerables. Desaparecido Dios del trono desde el que consagraban a los reyes, quienes a su vez ordenaban la vida de los demás seres humanos, el poder empieza a concebirse como emanado del “pueblo soberano”: un pueblo formado por seres libres, dignos e iguales, más allá de sus diferencias y creencias. Los ciudadanos así reconocidos se convierten en fuente y legitimación del poder. Lástima que la ilustración haya considerado que la extensión universal de los Derechos Humanos Fundamentales y el derecho a la ciudadanía no eran aplicables a las mujeres: ni más ni menos al cincuenta por ciento de la población. Doscientos años han tardado las mujeres en poder disfrutar de esta parte de “derechos humanos” –civiles y políticos- que, en teoría la ilustración pretendía universales. Todas las legislaciones civilizadas contemplan en estos momentos la igualdad de derechos civiles y políticos. Otra cosa bien distinta es cómo transcurren los tozudos hechos y la diversa intensidad de empeño para que tales derechos se conviertan en realidad.

Ciudadanía representa también participar e intervenir en los asuntos que atañen a todos en el mundo de lo público, que desbordan la estricta intervención a través del voto o de la posibilidad (tan desigual en la práctica) a ser elegid@ por la ciudadanía. Representa intervenir activamente, a través de mecanismos institucionales o de la sociedad civil, ligados o no al pensamiento, la opinión y la palabra, en el diseño de asuntos que nos afectan a todos... Se trata de aportar la riqueza de las individualidades a los asuntos colectivos y de que cada persona sea reconocida como sujeto activo del destino colectivo. Entre las instituciones políticas y la vida privada existe, pues, un vasto campo que ofrece múltiples posibilidades de intervención, de propuesta, crítica, aportación, reflexión... Actuar en él representa ejercer una ciudadanía mucho más rica que la estrictamente político-institucional. Las mujeres tienen ahí un amplio margen de actuación que choca y se dificulta por las múltiples tareas que desarrollan en su vida diaria.

A menudo, también por una difícil sintonía con los modos, procedimientos y valores que impregnan las organizaciones cívicas y el mundo de la comunicación y por la oscura y silenciosa oposición a considerar la opinión y el sentir de la mujeres como algo distinto y a la vez enriquecedor, la dificultad para considerarlas como sujetos completos y cabales, capaces de tener opiniones diversas y diferentes. Con demasiada frecuencia en el ámbito privado las mujeres siguen siendo todavía súbditas mientras se proclama su ciudadanía en lo público.

El feminismo bajo todas sus formas (políticas, civiles, académicas...) resulta ser un eficaz instrumento de ciudadanía activa en la medida en que diseña y construye alternativas a muchas de las deficiencias sociales, personales y políticas que aqueja a nuestras sociedades, tan profundamente marcadas por valores y pautas patriarcales. El feminismo dice mucho de lo público. Dice cosas distintas de las habituales y las dice de otra manera.

Pero hay más: el término ciudadanía nos remite a “ciudad”, lugar de concentración de actividades, de habitantes y de proyectos comunes. Lugar de pertenencia con el que, de una forma y otra nos identificamos para poder sentirnos miembros de la comunidad. También en este ámbito se abre una nueva perspectiva. Nuestras ciudades son cada vez más complejas y diversas. Las desigualdades económicas y sociales anidan en nuestras calles. Diferentes religiones, culturas y concepciones de la vida se expresan de forma más o menos abierta. A menudo tenemos que en temas tan esenciales a la democracia como el de los derechos humanos de las mujeres, puedan aparecer rebrotes regresivos que entren en contradicción con los logros de tantos años de lucha.

Por otra parte, el modelo europeo tan inclinado a un determinado individualismo, deja a miles de ciudadanos y ciudadanas en un gran aislamiento. Las ciudades se han convertido en nidos de soledades para los colectivos más vulnerables y entre ellos, las mujeres. Ambos aspectos, (las diferencias y las dificultades de integración de algunos de los recién llegados y las enormes bolsas de soledad), están ahí, presentes, en el día a día, poniendo en cuestión tanto la articulación social, como el bienestar físico y psíquico de millones de personas que a menudo no disponen de voz para hacerse oír. Sólo el desarrollo de un concepto y una praxis fuerte e igualitaria de la ciudadanía puede integrar estas voces diferentes. Sólo la promoción desde el ámbito institucional de mecanismos de escucha y solución, junto al escrupuloso respeto a sus derechos humanos, sobre todo los sociales, siempre más frágiles, más susceptibles de ser negociados, puede ofrecer la oportunidad de integrar en una dinámica común aquello que es diferente por su origen o por su trayectoria vital.

El reto ilusionante que nos ofrece esta concepción de la ciudadanía consiste pues tanto en integrar lo diferente, con orígenes diversos, como en construir comunidades que rompan con el individualismo aislacionista que nuestro modo de vida hace recaer sobre las personas más frágiles. Se trata de recomponer una vida comunitaria que no puede descansar sobre las mismas instituciones que hace años conformaban nuestra sociedad: ni la familia, ni el trabajo, ni el vecindario son ya los mismos de antaño. La ciudadanía plena implica, además, que cada persona sienta que pertenece a una comunidad, se sienta segura de ser alguien reconocido y valorado. Y cuidado en sus necesidades actuales y futura.

Esta forma de entender la ciudadanía desborda, en mucho, a una concepción estrictamente jurídica o política de la misma, tan necesaria por otra parte, como urgente. Y es especialmente importante para las mujeres, que deben dejar de vivir en condición de súbditas para pasar a gozar de plena ciudadanía en todos los espacios vitales. No hay democracia auténtica si la mitad de la población no tiene acceso en igualdad de condiciones a la posibilidad de intervenir en la vida colectiva, sin el derecho a ser “persona” total.

No hay democracia auténtica, por otra parte, si las comunidades humanas no integran, dan cobijo y reconocimiento a cualquier ser humano, de forma que pueda desarrollarse y vivir con dignidad y seguridad. Y si es posible, con ciertas dosis de felicidad.


En: Meridiam. Sevilla, segundo trimestre abril-junio 2005.

CENDOC-MUJER - LIMA-PERU
CAMPAÑA DE DIFUSIÓN: N° 8 - Lima, 18 de agosto del 2005