Género y humor: la triple trasgresión
Virginia Imaz
Entiendo el humor como esa (pre)disposición del ánimo, que puede sernos
curativa, restauradora. Una forma vital de descargarnos de las presiones y
expectativas cotidianas, poniendo las cosas en su sitio, y procurándonos el
placer de experimentar el aquí y el ahora. El humor puede traernos el
mensaje importantísimo de la arbitrariedad, la precariedad y lo absurdo de
la vida y al mismo tiempo y sin embargo, la certeza de que estamos aquí, a
pesar de todo, destinadas a vivir y a ser. El humor puede permitirnos ver
las cosas con franqueza, reconociendo lo poco que sabemos, lo falibles que
somos, qué lejos estamos aún de la perfección o acabado.
Aunque pensadores de la talla de Branco Bokun o Raymond A. Moody, Jr. han
aportado interesantísimas pistas sobre los aspectos terapéuticos del humor y
su manifestación más expresiva: la risa, este tema no ha parecido gozar
nunca de la suficiente importancia en sí mismo como para atraer la atención
–esto es, su aval de existencia– del mundo científico, de la misma manera
que en materia literaria y teatral, los géneros que cultivan el humor no
gozan del mismo prestigio artístico que la tragedia, el drama, la épica,
etc. Baste recordar la clasificación de “alta comedia”, necesaria para
describir la comedia importante, la que aspira a ser un producto artístico
de calidad, mientras que no existen conceptos como la “alta tragedia”, ya
que a priori, todas las tragedias son ya bastante altas.
El humor presenta aún un vasto campo de investigación lamentablemente
todavía poco transitado. Cabría reflexionar un momento sobre el particular y
abordarlo desde la perspectiva de las mujeres, pues como suele ocurrir,
hasta los pensadores mencionados, hombres de extraordinaria lucidez,
olvidan, silencian o minimizan el protagonismo, las aportaciones o las
vivencias de las mujeres en el tema que nos ocupa. Es cierto que las mujeres
hemos sido, al igual que en otros menesteres, más a menudo objetos que
sujetos del hecho humorístico. Esto es, hemos sido, seguimos siéndolo, tema
para reír de las diferentes comunidades humanas, junto con otros colectivos
de diferentes, excluídos, minorías, etc. Y también hemos sido receptoras de
los mensajes humorísticos. Hemos aprendido de qué reír y dónde y cuándo
hacerlo, siempre de una forma discreta y tapándonos la boca con la mano,
para mantener en todo momento la compostura social. Las mujeres como
creadoras de humor resultamos ser un fenómeno algo menos habitual o, cuando
menos, peor valorado y documentado históricamente.
Para las mujeres, hacer su propio humor sobre un escenario supone cuando
menos una triple transgresión: ocupar un espacio público, pero no cualquier
espacio público sino la escena, uno de los espacios públicos por antonomasia
y ocupar el espacio simbólico y poético del humor. La época que vivimos es
una época privilegiada para realizar conquistas personales y sociales, como
ésta de la propia comicidad, más sutiles, pero no por ello menos
revolucionarias para el común de las mujeres. La premisa de la que parto
para realizar las reflexiones que siguen es la de que el humor es
referencial. Lo que realmente nos hace reír es la distorsión, la
amplificación o la exageración de un referente. Este referente puede sernos
más o menos familiar. Cuanto más cercano, más gracia nos hace. Cada cultura
tendría sus propios referentes. Cada grupo dentro de cada cultura, etc. Así,
la gente madura no se ríe de lo mismo que la juventud. Imagino que a las
personas de raza negra no les hacen gracia “los chistes de negros” que
cuentan –contamos– las personas caucásicas por ejemplo y que, por supuesto,
hombres y mujeres, en cuanto que vivimos en mundos referenciales diferentes,
no siempre podemos reírnos de lo mismo. Esto explicaría la supuesta falta de
sentido del humor que a veces se nos ha atribuido a las mujeres. Y como no,
la “domesticación” profunda que esta etiqueta conlleva pues terminas
aprendiendo a reír gracias, fundamentalmente masculinas, que no te hacen
ninguna gracia. Quizás os ha pasado también, cuando se hace muy complicado
explicar que no es que no hayamos entendido el chiste sino que no nos hace
gracia, cuando le hace gracia a “todo el mundo”, esto es a los hombres
blancos adultos. La penalización por la ausencia de nuestro sentido del
humor es tan fuerte, que las mujeres hemos aprendido a reírnos socialmente,
o sea, cuando toca, automatizando como propios referentes ajenos.
Dado que el humor tiene mayoritariamente como referentes, miedos y
vergüenzas, conviene quizás no crisparse ante ciertas “gracias” masculinas.
La disyuntiva no es o me río o me enfado. La relación del humor con el
inconsciente es tan compleja que yo me inclino a dejar esta pelea para
cuando el nivel consciente sobre las relaciones entre hombres y mujeres esté
ya reciclado. En la actualidad, recomiendo contrarrestar un humor con otro
tipo de humor, esto es, desenmascarar los prejuicios que hay en un chiste
con otro, continuándolo hasta llegar a un absurdo; contando otra versión en
la que invirtamos los roles genéricos o pidiendo que nos lo expliquen una y
otra vez porque no lo entendemos, haciendo gala de una ingenuidad que raye
casi la estupidez. Que te intenten explicar un chiste que no te hace gracia,
puede ser extraordinariamente divertido. Y no conviene desperdiciar ni una
sola ocasión para la risa. Cuando los referentes son un tema tabú (sexo,
caca-culo-pis, incesto, homosexualidad…) el humor puede ser soez y vulgar y
herir la sensibilidad. A menudo el humor se convierte en un sacrificio
humano en estas situaciones. Se trata de reírse de alguien, no con alguien.
La humillación o la degradación de alguien es lo cómico. Frecuentemente, en
temas sexuales, las mujeres han sido y son los chivos expiatorios. Esta
forma de humor vejatoria se corresponde en mi opinión con el miedo que
tienen los hombres del sexo y de la sexualidad de las mujeres.
Aprecio este humor, como un humor adolescente, correspondiente a una fase
evolutiva llena de miedos y de dudas y quizás, en esa medida, necesario en
la pubertad y adolescencia, de la misma manera que los chistes escatológicos
nos hacen más gracia en las épocas donde tenemos problemas en el control de
los esfínteres, como en la vejez y en la infancia temprana. Pero la gente
adulta debería tener la opción vital de reírse de preocupaciones adultas.
Claro que para que cambie el humor han de cambiar los referentes emocionales
y culturales.
En muchas ocasiones, el humor tiene como referentes miedos y vergüenzas. Se
sabe que los miedos pueden estimular la secreción de opiáceos del cerebro,
conocidos como endorfinas y encefalinas. La mayoría de las veces los miedos
y preocupaciones son meras trivialidades que se ven dramatizadas de forma
exagerada por la mente. Esta tendencia a disfrutar de las preocupaciones es
culturalmente femenina. Pero este empeño en sufrir no es ningún capricho. Es
la reacción lógica de una profunda discriminación en razón de género.
El ámbito privado en el que se ha confinado históricamente a las mujeres es
menos valioso que el ámbito público y lo que sucede en el ámbito privado es
consecuentemente menos importante que lo que ocurre en el ámbito público.
Así, las emociones, lo doméstico, la crianza, el cuidado de las otras
personas y demás referentes culturalmente femeninos son injustamente
minusvalorados en relación al tratamiento que reciben las cuestiones
públicas como las guerras, las finanzas, la política o el fútbol.
Por su puesto, esto dificulta doblemente el acceso de las mujeres a un humor
propio. De entrada, tenemos dificultades para aceptar nuestros “referentes”
como algo valioso sobre lo que trabajar. Y luego, la sociedad entera no
considera lo bastante épico que haya llovido y se te haya mojado la colada
ni lo bastante lírico que tu bebé haya sonreído. Y sólo lo verdaderamente
trágico puede ser verdaderamente cómico.
Humor preventivo
Hay tragedia en el ámbito privado, pero si socialmente no se descodifica
como tragedia, ya que eso sería darle demasiada importancia, nunca podremos
reírnos de ello. Resumiendo, para desdramatizar algo, para quitarle
importancia a algo, previamente ese algo tiene que tener importancia. Las
consecuencias de todo esto en la salud de las mujeres son dignas de tener en
cuenta. En la medida en que las mujeres no nos sentimos importantes (en
realidad quiero decir valiosas, esto es valoradas) desarrollamos un estado
permanente de tensión y sufrimiento que se corresponde en nuestra cultura
con el arquetipo de la Virgen María y las mártires. Parece que el número de
depresiones es el doble en mujeres que en hombres. ¿Por qué llega la
depresión? Porque como cualquier droga, llega un momento en que los opiáceos
naturales, ante el sufrimiento y la preocupación prolongados, reducen de
manera progresiva su secreción y su efecto analgésico. Entonces el dolor,
físico incluso, se hace insoportable. El humor puede prevenir esto pues
cuestiona el origen mismo de la “hiperseriedad”, de la “hiperautoimportancia”.
Al cortar el estímulo emocional que implica tensión y estrés, descargamos
generalmente en forma de risa.
La diversión y la risa aparecen íntimamente conectadas con el mundo de las
aprensiones y temores creados por la mente y su hiperseriedad. La
hiperseriedad no es lo opuesto a lo ridículo, es lo ridículo mismo, la
esencia del humor, de hecho nos resulta divertido y nos reímos siempre que
la hiperseriedad de las invenciones de la mente resulta sacudida o
degradada, pues sólo así vemos el abismo que nuestra mente crea entre la
ambición y el logro, entre la lógica de la mente y la lógica del sentido
común.
Cualquier violación, distorsión o relajamiento de los tabúes sagrados,
cualquier fracaso de las supersticiones, prejuicios o creencias, cualquier
degradación de nuestras afectaciones, papeles o pomposidad, puede provocar
diversión y risa, ya que cualquier creación de nuestra mente, cuando la
tomamos exageradamente en serio, nos convierte en personas intolerantes,
egoístas, y egocéntricas, esto es, necias.
Históricamente asocio la “autoimportancia” a la esfera pública, esto es, a
los hombres. La supremacía de un sexo sobre el otro, no es sólo una
injusticia, es además, en sí misma, ridícula. Con el sentido del humor solo
nos queda ser magnánimas ya que la magnanimidad nos ayuda a darnos cuenta de
que lo ridículo está compuesto en gran parte de sufrimiento humano, de la
patética desesperación provocada por la pretenciosidad. Con la
“autoridiculización” eliminamos también ese miedo terrible de ponernos en
ridículo, de parecer ridículas. “Nadie que se ríe de sí mismo puede aparecer
ridículo”, sugirió Séneca. Sin embargo, las mujeres tenemos culturalmente
una fuerte oposición para poder reírnos de nosotras mismas. Hemos sido
socializadas fundamentalmente para dos cosas: para seducir y para ser
responsables.
La obligación permanente de seducir nos crispa porque nos induce a estarnos
quietas. Cuando te mueves, ya se sabe, se rompen las medias, te despeinas,
se arruga el vestido… Si te mueves vas a tener problemas, porque te
desenfocas. O sea, que para ser bella es requisito indispensable estar muy
quieta y ser muy manejable. Todo ello implica una cierta rigidez, un cierto
estrés. Es por eso que en mi opinión, aunque no siempre, el humor proviene
de las personas estéticamente divergentes, de aquéllas que nunca serían una
primera actriz, un primer actor, ni la primera bailarina ni el primer tenor…
Y viceversa, llegar a reírse de una misma, es el mejor de los caminos para
llegara a ser estéticamente divergente, que aunque hoy en día suene a
herejía, con tanto culto al cuerpo y a la imagen, con el tiempo será un
objetivo humano prioritario de supervivencia.
Desdramatizar lo cotidiano
Obligadas a ser bellas ante todo, las mujeres no nos permitimos deformar
nuestras expresiones hasta lo grotesco; atrapadas en la “construcción
masculina de la belleza” de cada época, llegamos a ser exageradamente
serias, estéticamente rígidas. Luego, la responsabilidad. El mundo del
cuidado. En nuestra cultura se asocia la responsabilidad con la seriedad.
Esto es un error, porque podrían habernos enseñado a ser responsables con
alegría. Por eso hay muchas mujeres que dicen no considerarse graciosas por
que se viven a sí mismas como gente hiperresponsable.
Y además, considero que ser graciosa no es lo mismo que ser cómica. No hay
un gen del humor, creo. Así que la gente graciosa y la gente que no lo es,
ha sido entrenada en serlo o no serlo. Hay culturas que permiten y cultivan
más el humor que otras. Popularmente, andaluces y andaluzas son consideradas
personas más graciosas que las gallegas o euskaldunes, por ejemplo.
Se puede ser o no graciosa, pero esto no es lo importante. Lo fundamental es
que todas las personas podemos ser cómicas, en mayor o menor medida, de las
misma forma que podemos ser dramáticas o trágicas. Porque la vida, como el
teatro, tiene al menos estos tres tonos: el cómico, el dramático y el
trágico. En general, en nuestra cultura privilegiada nos tomamos todo de
modo dramático, pero no deja de ser una manera de tomarse las cosas, una
opción existencial. La manera menos enferma de estar en el mundo sería el
tono cómico, el tono que desdramatiza lo cotidiano.
Las caricaturas y las parodias inducen a la risa cuando degradan una
autoridad o un poder temidos. El caos o, para utilizar una expresión de
Schlegel, “la infinita agilidad del caos”, puede provocar la risa ya que
ridiculiza una aburrida disciplina moral o social impuesta. Quizás una de
las fuentes de mayor “hiperseriedad” sea la política. A menudo los políticos
y los cargos públicos son parodiados. Cuanto menos libertad permite el
poder, más necesidad de humor hay. La risa y el placer son transgresores,
juegan con las normas, no contra, como los espíritus revolucionarios, y por
ello pueden inquietar al poder mucho más incluso que una resistencia armada.
Branco Bokun cuenta que un italiano le comentó que él ya sabía en 1942 que
Italia perdería la 2ª Guerra Mundial. Fue consciente de ello cuando el
gobierno fascista prohibió reir en lugares públicos. La Iglesia Católica
también ha reprimido en numerosas ocasiones el humor y la risa, impensables
en este valle de lágrimas, quizá por su evidente relación con el bienestar y
con el placer. En este sentido, la risa y el sexo han sido especialmente
prohíbidos a las mujeres como vías y expresiones de placer. La mujer
juguetona, dicharachera, alegre, se ha malinterpretado como mujer frívola y
viciosa. En gallego hay un refrán donde se aprecia que la censura del humor
es más fuerte cuando se aplica sobre las mujeres que sobre los hombres:
“Muller reideira, o puta o peideira”.
Con la mística de la maternidad, ser madre se convirtió en algo muy serio.
De ahí que a menudo, para las hijas y los hijos, sus madres no admitan
juegos, chanzas y chistes que podrían hacerlas más accesibles, más humanas,
más de este mundo, para su progenie. Dos instituciones creadas
artificialmente por la mentalidad adolescente, la del marido y la de la
autoridad política o religiosa, han sido desde siempre dos de las fuentes
principales de lo ridículo. Como dijo Chamfort: “Sin el Gobierno, Francia no
volvería nunca a reír”. Cabe añadir que mientras que existan maridos, sus
mujeres tendrán una oportunidad para desarrollar el sentido del humor. Sí. Y
también viceversa.
Las herramientas de la risa
Los juegos de palabras y los retruécanos, al jugar con la rigidez del
lenguaje, también provocan la risa. Lo mismo que la poesía, el humor es la
sorpresa, la conexión insospechada, el doble sentido, los literales, las
metáforas. De ahí que ambas cosas, el humor verbal y la poesía, sean esas
manifestaciones del idioma que a una persona extranjera más le cueste
apropiarse, porque no es posible reír ni emocionarse sin la referencia
cultural.
La íntima conexión existente entre el lenguaje y los estímulos emocionales
puede ser deducida de la introducción de los eufemismos. Para hacerse querer
por la suegra, los franceses la llamaron “la belle mère”. Pero el lenguaje
está plagado de sexismo, no trata igual a hombres y a mujeres y el humor
verbal está ya cargado contra nosotras, por lo que es preciso deconstruir y
recodificar el lenguaje, para que sea una herramienta de humor y no un
obstáculo.
Sin entrar a analizar los trastornos mentales y sus causas, es claro que la
locura resulta a veces cómica además de, o precisamente por eso, patética.
“En todo hay una esencia trágica. Lo cómico verdadero, lo cómico magnífico,
es trágico. Sólo es verdaderamente cómico cuando es completamente trágico.
La esencia es religiosa y trágica” (A. Mnouchkine).
Esto ocurre quizás, porque locura y humor, cada cual a su manera,
transgreden el orden establecido. La locura protege y permite, lo mismo que
el sentido del humor, decir cosas que de otra forma no podrían ser dichas, o
que no se entenderían igual. En nuestra cultura, el anti-poder era un bufón
o loco del rey. Los reyes tenían bufones y las reinas, bufonas. ¿Será que un
poder masculino no aceptaba un antipoder femenino? ¿Cómo son parodiadas las
mujeres que ocupan cargos públicos en la actualidad?. Se tienen evidencias
de la existencia de bufonas en Mesopotamia varios siglos antes de Cristo.
Según los referentes utilizados y la relación de poderes que queda expuesta
en el hecho humorístico. El humor no nos sacude, como decíamos, a todas las
personas por igual, ni tampoco nos afecta igual en momentos y en espacios
diferentes. Por ejemplo, un público sólo de mujeres ríe más alto y más que
uno mixto con el mismo estímulo. La gente, en general, se permite reír para
afuera a partir de que se juntan 25 ó 30 personas. Con menos gente han de
conocerse, no temerse y en cualquier caso, reír en solitario en un acto
público, es siempre un acto de coraje.
Los diferentes tipos de humor llegan también a diferentes puntos energéticos
en los seres humanos. Hay un humor que nos llega a la cabeza: tiene que ver
con el ingenio, el virtuosismo verbal, el chiste, la ironía, la sátira. Hay
otro que nos da en las tripas; que tiene que ver con los miedos, los deseos
y las necesidades de supervivencia (caca, culo, pis, sexo y muerte). Pero
hay otro humor que nos da en el corazón, en el pecho: es el humor que nos
conmueve. A priori, no hay uno mejor que otro. Necesitamos de todo, aunque a
menudo nos dan sólo en las tripas, ocasionalmente en la cabeza y raramente
en el corazón. Hacer un humor que llegue al corazón exige una implicación
emocional y el tema de las emociones no es fácil, aunque sea básico a nivel
personal y actoral.
Entre la complicidad y el poder
Si las mujeres tenemos alguna facilidad más que los hombres en este viaje en
la búsqueda de la propia comicidad, es que culturalmente se nos ha dado un
poco más de permiso para expresar nuestras emociones, aunque también aquí
abundan los tópicos. En realidad, tanto a unas como a otros nos han castrado
emocionalmente una y otra vez. Eso sí, como en todos los aspectos de la
vida, la puñeta que nos han hecho, ha variado en función del género. Por
ejemplo, hasta que la mili ha dejado de ser obligatoria, los hombres no
podían expresar miedo, sobre todo en público, porque no era rentable
socialmente para la supervivencia de una comunidad que podía entrar en
guerra en cualquier momento. Las mujeres sin embargo, podíamos tener
manifestaciones de la debilidad propia de nuestro sexo en público pero no
podíamos ponernos de mala lecha. La ira pública es masculina porque la
femenina ha sido reprimida con mayor dureza. Los hombres no podían dudar; en
las mujeres, sin embargo, la duda podía ser nuestro estado natural. “Tu de
eso no entiendes, cállate, ¡qué sabrás tú!”! …etc. Pero los hombres podían
expresar su pasión y la mujeres no. El reducto emocional más tolerado en las
mujeres es la tristeza, mientras que la alegría no se estimula ni en unos ni
en otras.
En los talleres de clown que animo desde 1987, he tenido ocasión de ver
multitud de improvisaciones y de percibir diferencias en el comportamiento
de mujeres y de hombres cuando salen a jugar en código “clownesco”, en
formaciones mixtas, sólo de hombres o sólo de mujeres y también el
comportamiento de los públicos, mixtos o segregados, de estas
improvisaciones. Partiendo de la base de que los hombres y las mujeres que
llegan a los talleres clown son más bien tirando a gente rara. Esto es,
personas donde la socialización al uso ha fracasado o presenta fisuras. Se
trata de mujeres que “se atreven” a ocupar un espacio público y hombres que
“tienen el coraje” de ser sensibles e intentar mostrarlo. Y, salvando
casuísticas muy personales extraordinariamente divergentes, la manera de
jugar de las mujeres y la manera de los hombres tienen coincidencias de
género. Revisando más de 4,000 horas de talleres puedo concluir que los
hombres en general tienen una gran tendencia a apropiarse de todo el espacio
escénico y acostumbran a moverse mucho, mientas que las mujeres tienden a
plantarse y ocupan mucho menos espacio. Cuando experimenta un bloqueo, a
menudo por autocensura emocional, las mujeres se fugan hablando y los
hombres moviéndose, en ambos casos gratuitamente, en vacío. Los hombres
tienden a trabajar con objetos grandes y las mujeres con objetos más
pequeños, y sobre todo, si es obligado. Los hombres prestan menos atención
que las mujeres a su aspecto a la hora de improvisar y las mujeres invierten
más tiempo y dudan más en la elección del vestuario con el que han de
mostrarse. Las mujeres tienen más facilidad para expresar, amplificar y
mantener las emociones y los hombres más disponibilidad para los juegos
corporales, de equilibrio, acrobáticos, etc. Las mujeres escuchan mejor y
miran más y los hombres toman más iniciativas en la construcción del juego.
Las mitomanías en relación con el orden, la limpieza, la puntualidad, el
todo me pasa a mí, el complejo de Atlas, el pudor, el aspecto, el
perfeccionismo, el o la conciliadora, la seducción, el poder, la perversión,
etc., se presentan siempre con sesgo genérico, la relación más habitual
entre mujeres es la de complicidad (estructuras de juego de siamesas y/o de
cómplices) y entre los hombres, la de poder (estructuras de juego de duelo
y/o de mayor y menor.)
Y esto son algunos ejemplos que persiguen llamar la atención sobre cómo nos
afecta el género a la hora de mostrarnos y de crear. Y no con el objetivo de
decir que como somos diferentes, qué le vamos a hacer, sino con la esperanza
de que hombres y mujeres, viendo que somos así, porque así nos han
construido, podamos plantearnos ser diferentes. Es decir, crear sobre todo
humor, en libertad.
Para las mujeres, desarrollar nuestro sentido del humor, permitirnos ser
cómicas, no debería ser quitarnos importancia, sino “importanciosidad”.
Ahora, que hemos empezado a ocupar un lugar en el mundo, preocupémonos de
hacerlo de una manera más sana, esto es, “desprejuiciada”, tolerante y
madura. Carlyle escribió. “La esencia del humor es la sensibilidad: la
cálida y tierna simpatía por todos los tipos de existencia”. No perdamos
nuestra sensibilidad, desarrollemos nuestro sentido del humor. Conmovamos al
mundo, pues sólo nos hace verdaderamente reír lo que nos conmueve.