Contra los Fundamentalismos, lo fundamental es la gente
Articulación Feminista MARCOSUR
La campaña "Contra los fundamentalismos, lo fundamental es la gente", quiere amplificar las voces que se oponen con firmeza a las prácticas, discursos
y representaciones sociales discriminatorias, que someten a las personas a situaciones de opresión o vulnerabilidad.
Creemos en la posibilidad de construir, en el campo simbólico y en el campo político, una dimensión de seres humanos y de sujetos, sean mujeres u hombres,
en el que esas prácticas se tornen imposibles.
Religioso, económico, científico o cultural, el fundamentalismo siempre es político y prospera en sociedades que niegan a la humanidad en su diversidad, y que
legitiman mecanismos violentos de sujeción de un grupo sobre otro, de una
persona sobre otra. Esencialmente excluyentes y belicosos, los fundamentalismos
minan la edificación de un proyecto de humanidad donde todas las personas
tengan derecho a tener derechos, sacrificando, en el colmo de la perversidad, la
vida de las mujeres.
Esta Campaña propugna formas democráticas y pacíficas de enfrentar los
conflictos. Formas que permitan reconocer las diferencias y afirmar la
solidaridad, reivindicar la igualdad y valorar la diversidad, en búsqueda de
soluciones negociadas sea en la esfera pública, privada o íntima de la
convivencia humana.
En el nombre de Dios
El fundamentalismo religioso está presente en diferentes doctrinas. En la
tradición guerrera de los hijos de Abraham -judíos, cristianos y musulmanes-
las vertientes fundamentalistas se sustentan en la convicción tribal de ser,
cada una de ellas, el pueblo escogido, que recibió la revelación del único y
verdadero Dios. Son vertientes que arrean a sus "rebaños" disciplinándolos
para que resistan cualquier transformación, so pena de recibir como castigo el
dolor y el sufrimiento.
El fundamentalismo judío persigue la meta de construir el Estado de Israel del
tamaño que se anuncia en la Biblia Hebraica. El fundamentalismo islámico
quiere hacer de las enseñanzas del Corán la única forma de vida, de moral, de
política y de organización del Estado entre los islámicos de todo el mundo.
La evangelización católica justificó, en la colonización de América, la
dominación de millones de seres humanos en sus propias tierras, destruyendo
vidas y culturas. Fue con argumentos apoyados en "bases divinas" que
la ideología racista usurpó, de los pueblos indígenas y africanos, su condición
humana.
La violencia "bendecida por la divinidad" promueve el asesinato de
mujeres musulmanas en Irán, Argelia, Somalia, Pakistán, Bangladesh, Curdistán
y Afganistán, por los motivos más absurdos, reales o imaginarios. En este
caldo de autoritarismo persiste, en pleno siglo XXI y en diferentes regiones de
África, Asia y Cercano Oriente, la práctica de la mutilación genital
femenina.
En las Américas, la ofensiva fundamentalista católica para el control de la
sexualidad femenina parece seguir, todavía hoy, las orientaciones del Malleus
Maleficarum, que hace más de 500 años "previno" a los inquisidores
sobre la necesidad de mantener este control estricto, sin el que la
"humanidad" estaría sujeta a todo tipo de males. En América Latina y
en tantas otras regiones del mundo, el asesinato de mujeres por hombres bajo el
alegato de "legítima defensa de la honra" aún es legitimado o
tolerado. Los fundamentalistas católicos amenazan y golpean a mujeres que
recurren a abortos legales en los Estados Unidos.
Independientemente de los objetivos de cada fundamentalismo, una cosa es cierta:
hay un punto de convergencia entre todos ellos; todos quieren dominar,
controlar, sujetar violentamente los cuerpos, las sexualidades, las
subjetividades, las vidas de las mujeres.
Por casi todo pueden declarar una guerra o promover un acto de terror de
dimensiones catastróficas como fue el ataque al World Trade Center. Pero no
importa de donde vengan, si de la Casa Blanca, de las mezquitas azules, de
alguna catedral o sinagoga, los fundamentalistas invariablemente se encuentran
para imponer su verdad única, su única voz sobre todas las voces y para
intentar destituir a las mujeres de sus derechos humanos, de su derecho al
placer, a ejercer libremente su sexualidad, a decidir por aborto, o a ocupar un
espacio de poder.
En el nombre del mercado
El Mercado es una especie de divinidad contemporánea, que ocupa el lugar del
Dios único y de la verdad absoluta, inherentes a todos los fundamentalismos. En
nombre de esa verdad absoluta, los hombres que gobiernan, a ejemplo de los demás,
producen conflictos innegociables y promueven la guerra, la violencia, la
exclusión, la discriminación, el individualismo y la destrucción de la
naturaleza.
Los seguidores del mercado también rezan por una Biblia: adoptan una vertiente
de "tradición" capitalista con perfil de pensamiento único. También
en la lógica del mercado existen los elegidos. Estos son machos, blancos,
originalmente -pero no exclusivamente- occidentales del norte y formalmente
heterosexuales. El Mercado se sirve del sexismo, del racismo y de la etnicización
de la fuerza de trabajo. Utiliza ideologías discriminatorias, profundamente
introyectadas por sectores significativos de la población del planeta, para
saciar su voracidad por la ampliación de los lucros y mantener sus hegemonías.
También en el Mercado hay una concentración de esfuerzos para controlar la
sexualidad humana, en especial la de las mujeres.
El Presidente de la mayor potencia capitalista del mundo, George W. Bush, electo
con el apoyo de grupos religiosos fundamentalistas, está para el
fundamentalismo del mercado, como algunos mulhás y arzobispos están para los
fundamentalismos musulmanes o católicos. Uno de los grandes temas de su campaña
electoral fue la prohibición del aborto. Apenas asumió la presidencia Bush
firmó la Ley Mordaza, prohibiendo que los recursos gubernamentales destinados a
la cooperación internacional fuesen destinados a programas de salud
reproductiva que trataran la cuestión del aborto, aunque más no fuera porque
ofrecían información sobre el tema a las mujeres.
Religioso o de mercado,
los fundamentalismos se asemejan
Es curioso constatar que los gobiernos de los Estados Unidos y de Afganistán
fueron los únicos que hasta hoy no firmaron la Convención de las Naciones
Unidas para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la
Mujer-CEDAW. Curiosamente también, en la ONU, cuando el tema en cuestión son
los derechos sexuales y reproductivos, el gobierno de George W. Bush comienza a
hacer alianzas con los países musulmanes y con el Vaticano.
La capacidad de dominación del fundamentalismo de Mercado toma dimensiones
impresionantes dado su casamiento indisoluble con los poderes de los Estados y
con instituciones globales como el fondo Monetario Internacional, el Banco
Mundial y la organización Mundial del Comercio. Pero los amplios y nefastos
efectos que ese tipo de unión promueve son viejos conocidos. La tortura y el
asesinato de las mujeres en las hogueras de la Santa Inquisición no hubieran
tomado proporción de matanza, sin la alianza duradera de la Iglesia Católica
con la nobleza. La esclavitud de los pueblos de origen africano y el genocidio
de los pueblos indígenas en el Nuevo Mundo, tampoco hubieran sido posibles sin
la unión inquebrantable de la Iglesia con los poderes imperiales.
La intransigencia y la imposición de ideas son reglas comunes a los
fundamentalismos. Como los religiosos, el fundamentalismo de Mercado también
suprime los espacios de expresión de las divergencias, evitando el debate
democrático. A la sociedad, le queda la alternativa de estar con él, y
sensible a sus humores inconstantes, o contra él, sometida a su ira feroz y
asesina. Intimidados ante esta ira, muchos gobiernos ya se convirtieron o
bajaron la cabeza, en un ritual conocido como entreguismo.
Lo fundamental es la gente
A lo largo de la historia de la humanidad, la violencia impuesta por diferentes
expresiones del fundamentalismo va dejando heridas abiertas. El remedio de
nuevas guerras no ha cicatrizado esas marcas, al contrario, ha producido
sociedades todavía más atemorizadas, sufridas, enfermas y mutiladas.
No son nuevas las fuerzas que mueven los motores de la injusticia y de la guerra
que hoy funcionan a pleno vapor en varias partes del planeta Tierra. Pero es
necesario que sean nuevas las miradas sobre ellas, para que podamos comprender
su engranaje y percibir cuál es el combustible que las alimenta.
Uno de los elementos vitales para que los fundamentalismos sobrevivieran y/o
resucitasen es la existencia de condiciones propicias a la aceptación de la
dominación. Por eso, es preciso deshacer los condicionamientos que nos llevan a
aceptar -desde las relaciones más íntimas hasta aquellas que se desarrollan en
la esfera pública- como natural el domino por la coerción, que se funda en la
relación más elemental entre los seres humanos, basada en la sujeción de la
mujer por el hombre.
Es necesario reconocer el androcentrismo y el etnocentrismo presentes en tantos
proyectos y prácticas políticas que garantizan supremacías. Reconocer que el
vocablo "universal" y sus bases políticas de igualdad de derechos, se
erige sobre cimientos blancos, masculinos, occidentales y heterosexuales, y
sobre la incapacidad para el diálogo, la negociación y la inclusión. Esto
significa cuestionar estos paradigmas, sustentando el desafío de construir
alternativas radicales para enfrentar los innumerables conflictos, inclusive
entre civilizaciones y culturas. Se trata de un proceso constante de vigilancia
y autocrítica, orientado por la ética de los derechos humanos y por los
valores democráticos para edificar la verdadera solidaridad.
Es necesario denunciar cualquier expresión del fundamentalismo, en cualquier
parte, y combatir "al pequeño e indeseable fundamentalista" que
persiste en cada uno y cada una de nosotras. Los fundamentalismos sólo pueden
ser superados con la transformación de los individuos, de los ciudadanos y
ciudadanas, de los sujetos políticos. Esto significa limpiar el terreno y
sembrar el campo para que puedan germinar relaciones políticas y económicas
igualitarias, ecuánimes, solidarias y éticas. Cuidar para que fructifique una
sociedad más motivadora y excitante, donde las diversidades sexuales, raciales,
religiosas, étnicas y de todo tipo, puedan de hecho ser valoradas.
Más que esto, los seres humanos quieren y necesitan concretar relaciones íntimas,
verdaderamente afectivas y placenteras, igualitarias, basadas en el respeto, en
el cuidado y en la confianza mutua.
Es necesario que la construcción de la ciudadanía global sea alimentada por la
posibilidad de imaginar un futuro donde todas las personas tengan futuro. En
este nuevo milenio, la humanidad debe ser capaz de construir espacios colectivos
para que las diversas identidades participen de la construcción de un
"nosotros" inclusivo, plural, cambiante, y no exento de conflicto.
Esta es la dimensión básica de una tarea política alternativa.
En: Conciencia Latinoamericana. Julio del 2003. Vol. XIII Nº 6
CENDOC-MUJER - LIMA-PERU
CAMPAÑAS DE DIFUSIÓN: N ° 3 - Miraflores, 13 de abril del 2005