El tema de la participación de las mujeres en los espacios públicos y su acceso al poder en igualdad de oportunidades ha sido una reivindicación permanente de los movimientos feministas desde comienzos del siglo pasado. Desde hace al menos una década las mujeres han ido ingresando en un porcentaje creciente al mercado de trabajo y accedido a cargos de poder técnico, público y político. Al inicio del gobierno de Ricardo Lagos se observa un salto importante con el nombramiento de cinco ministras de un total de 16 ministerios, de 8 subsecretarias y 4 intendentas. Alejada la coyuntura electoral, el número de ministras e intendentas en el gobierno descendió, pero al mismo tiempo, dos de ellas dirigieron ministerios de importancia estratégica para llevar a cabo el programa de gobierno: el de Defensa y el de Relaciones Exteriores.
La nominación como precandidatas a la presidencia de Michelle Bachelet y Soledad Alvear podría acelerar este proceso. Aparentemente estas dos mujeres han logrado romper el techo de cristal que impedía que accedieran a la posición más alta de poder público por sus capacidades, la popularidad alcanzada en la opinión pública, y por la habilidad para sintonizarse con el momento político y social. Confluye también a su elección el cansancio de la ciudadanía con las formas tradicionales de hacer política.
Desde que comenzaron a perfilarse las dos candidaturas se ha producido un alud de reacciones, como es natural en una contienda política que se inicia. Sin embargo, en esta oportunidad, los análisis, comentarios y proyecciones han desbordado el ámbito de la política para entrar en reflexiones más generales sobre el momento histórico que se vive en Chile, así como también para referirse a las relaciones entre vida pública y privada.
Argumentos para el Cambio quiere analizar la trascendencia de estas precandidaturas, sus efectos visibles e invisibles en los imaginarios colectivos, en las decisiones del sistema político y en las demandas y expectativas de un nuevo liderazgo político.
ROMPIENDO EL TECHO DE CRISTAL
En las últimas décadas la sociedad ha ido cambiando lo que espera de mujeres y de hombres y las ideas sobre aquello que deben y pueden hacer unos y otras. El movimiento de mujeres ha jugado un papel fundamental en estas transformaciones al poner en debate la superación de las desigualdades de género y el valor de la igualdad y de la libertad personal en la construcción de la democracia.
Los nuevos comportamientos reproductivos y sexuales, la elección del número y espaciamiento de los hijos, la postergación de la edad del matrimonio, la emergencia de nuevos tipos de familia, el incremento de los niveles de educación de las mujeres, su ingreso al trabajo remunerado y su presencia en los espacios públicos, entre otros, muestran el debilitamiento del orden cultural que regía las relaciones entre hombres y mujeres.
Las mujeres tienen una mayor autonomía para definir sus estilos y proyectos de vida y aspiran en mayor medida que en el pasado a posiciones de poder público. La nominación de las precandidatas presidenciales ha contribuido a visibilizar estas transformaciones. La presencia de las mujeres pierde su carácter excepcional y emerge como una fuerza capaz de afectar la dinámica política. Por ejemplo, frente a las precandidaturas de la Concertación, el candidato de la coalición de derecha incluyó a Cristina Bitar como jefa de su campaña, como parte de su estrategia de cambiar las apariencias para conservar lo fundamental.
En un sentido más general, las candidaturas de mujeres con trayectorias comprometidas con la superación de las desigualdades abren la posibilidad de una nueva forma de hacer política basada en la competencia leal, el debate de ideas y posiciones diferentes, que afirma la voluntad de poder público sin aniquilar a los adversarios/as. Pueden contribuir a identificar y promover a otras mujeres al escenario político. Dan cabida a una mayor pluridad de voces e intereses cuando trascienden las bases de apoyo político institucional y las amplían con el diálogo y participación de la ciudadanía.
El carácter innovador que presentan estas precandidaturas estimula la reflexión sobre el curso de nuestra sociedad, sobre el grado de modernidad y apertura cultural del país, sobre las relaciones entre el mundo productivo y reproductivo, entre vida privada y pública, entre vida personal y familiar y ofrece, por ello, la oportunidad de que nuevos temas especialmente importantes para el cambio de la organización de la sociedad sean abordados.
LA FUERZA DE LA INERCIA
Estas precandidaturas pueden favorecer la representación política de las mujeres y enriquecer la cultura democrática pero hay que enfrentar el riesgo de que sean redefinidas dentro de discursos y prácticas políticas tradicionales.
Evidentemente, no se dan en el vacío institucional sino que están sometidas a las lógicas y correlaciones de fuerza de los partidos de la Concertación que compiten en torno a las elecciones presidenciales y parlamentarias. Soledad Alvear debió enfrentar la oposición del presidente de su partido, lo que retrasó el inicio de su campaña, y Michelle Bachelet tuvo que frenar las iniciativas de algunos dirigentes de su sector político que pretendían asumir la vocería de su campaña. La simultaneidad de la campaña presidencial y parlamentaria moviliza una variedad de intereses de los grupos que componen las estructuras de poder partidario. Las candidatas se pueden ver confrontadas con distintos intereses que pueden neutralizar su compromiso con las voces ciudadanas y su capacidad de propuestas transformadoras.
La innovación tiene sus riesgos. Uno de ellos es pensar que el hecho de elegir a una presidenta mujer resolverá el tema de la representación política de las mujeres y satisfará las demandas de equidad de género. Otro riesgo es que las mismas candidatas, para bajar las resistencias que suscita el hecho de ser mujer, conformen sus equipos con predominancia masculina, invisibilizando el apoyo sustantivo que las mujeres están aportando a las candidaturas.
Las candidatas están formulando sus programas de gobierno a través de consultas con grupos de expertos/as y con diferentes sectores de la ciudadanía. El riesgo en este caso es que para contrarrestar prejuicios culturales que transmiten la idea que las mujeres sólo saben temas de mujer, se vean presionadas a restar importancia en sus agendas a los temas de equidad de género sin esclarecer sus interrelaciones con los de crecimiento equitativo sustentable, gobernabilidad democrática y participación ciudadana.
¿Y AHORA QUÉ?
La combinación de posibilidades y riesgo debería estimular una actitud alerta y comprometida de los ciudadanos y en especial de las ciudadanas, para inclinar la balanza a favor de nuevas formas de hacer política, del reconocimiento de la pluralidad de voces y de la participación para el establecimiento de nuevos pactos sociales equitativos que el momento requiere. Por ejemplo:
Dar seguimiento al curso de las campañas, analizando si la forma, los temas y propuestas de programas de gobierno están considerando la incidencia de las desigualdades de género en la dinámica social, económica y cultural del país.
Evaluar la sintonía de los programas de gobierno con la superación de la discriminación de las mujeres y otros grupos sociales.
Avanzar propuestas para los programas de gobierno en todos los campos y no sólo en el campo inmediato de interés ejerciendo el derecho de opinar e incidir.
Apoyar a las candidatas para contrarrestar las presiones hacia las formas conservadoras de abordad los temas políticos y culturales.
Demandar a las candidatas la inclusión de mujeres expertas en sus comandos y comisiones de programas.
En: Argumentos para el Cambio. Santiago, marzo del 2005. Nº 67
CENDOC-MUJER - LIMA-PERU
CAMPAÑAS DE DIFUSIÓN: N ° 6 - Lima, 17 de mayo del 2005